7/9/07

TURISMO INDIGENA EN TALAMANCA

Al sureste del país, la región de Talamanca, un destino ideal para los amantes de la naturaleza, es escenario de otro proyecto indígena a cargo de la etnia Bribri. La protagonista es la organización indígena Stibraupa, que en lengua indígena del grupo Bribri significa Personas Artesanas. Esta maneja un proyecto ecoturístico con cabañas rústicas de techo de suita en la comunidad de Yorquín, a orillas del río del mismo nombre, en los límites entre Costa Rica y Panamá.

“Ahora nosotros cuidamos la naturaleza más que antes porque no teníamos ese conocimiento de que lo que tenemos tiene mucho valor”, afirma Bernarda Morales, presidenta de Stibraupa. Uno de los grandes beneficios que les ha dejado la actividad turística, señala la representante indígena, es que les ha permitido a los hombres quedarse en la comunidad a trabajar en vez de buscar empleo en otros sitios. También venden sus productos agrícolas y artesanales a los turistas, con lo que se disminuye el costo de tener que sacar en bote todos los artículos al mercado más cercano.

Hace seis años que la organización recibe turistas, principalmente internacionales, que realizan una travesía en cayuco, o canoa indígena, hasta el lugar desde la comunidad de Bambú, en Bribri. También tienen la oportunidad de caminar por un exuberante bosque húmedo tropical, bañarse en ríos de aguas límpidas, conocer los cultivos orgánicos de banano, cacao, plátano y plantas medicinales, y entrar en contacto con la comida y costumbres de la etnia Bribri.

Stibraupa ofrece un paquete turístico que incluye transporte en cayuco desde Bambú, alimentación, hospedaje, visita al bosque primario, incluyendo un sitio de fuentes termales, y a los cultivos orgánicos.

Más cerca de la costa Caribe y de la comunidad de Puerto Viejo de Limón el grupo indígena Kekoldi busca conquistar a los turistas con el sitio más importante en el mundo para la observación de aves rapaces migratorias, cuyo conteo llega a los tres millones de ejemplares durante la época de otoño del hemisferio norte. También ofrecen la oportunidad de conocer sobre la ecología de la iguana verde, gracias a un criadero que poseen para reintroducir a esta especie en los bosques cercanos. Los turistas pagan por visitar el criadero y el dinero es reinvertido en el manejo de las iguanas y en el apoyo a los estudiantes y personas mayores de la comunidad.

“La iguana es un animal que toda la gente caza y nosotros en la comunidad pensamos que podíamos hacer algo para remediar ese problema”, sostiene Juana Sánchez, miembro de la Asociación Kekoldi Wak Ka Koneke, que en su lengua significa “Cuidadores de la Tierra de Kekoldi”. La asociación decidió instalar el criadero a raíz de la intensa cacería y deforestación provocadas, entre otros factores, por la pérdida de los cultivos de cacao a causa del hongo de la monilia años atrás. Hoy el criadero se ha convertido, también, en un proyecto sostenible, gracias al turismo.

Para el avistamiento de aves migratorias la reserva indígena cuenta con una plataforma y una torre para observación científica. También posee un área importante de bosque primario y secundario, un área comunal de reforestación con especies maderables, medicinales, frutales y plantaciones de palmito, pejibaye y cacao. Se ofrecen tours con guías bilingües al centro de observación de aves y al zoocriadero de iguanas y la oportunidad de adquirir artesanías a base de fibras naturales.
Al igual que los malekus y los bribri, los kekoldi confían en que el turismo les ayude a conservar su naturaleza y se constituya en un medio más de subsistencia y de valoración de su cultura.