7/9/07

Sibö, los bribrís y la diosa del mar

Yazmín Ross
yazminross@racsa.co.cr
Los bribris pocas veces descienden al mar. Sus casas están incrustadas en las montañas azules de Talamanca, en la frontera de Costa Rica con Panamá, donde dominan los dos océanos.
En ese arco volcánico que unió las dos Américas hace tres millones de años, los bribrís levantan sus casas cósmicas y contemplan el mar océano.


Ellos no tienen cultura marinera, pero son muy sabios con los ríos. Saben cruzarlos cuando están calmos y cuando el tigre de agua se enfurece. Desde niños se entrenan en pequeñas canoas, para transportar los plátanos que venden a la vieja Europa y para saber cruzar cuando “las llenas” se precipitan desde la tierra de Sibö.
-Los indios aquí nunca supieron de Colón. Fue hace muy poco, cuando aprendieron a leer, que se dieron cuenta de que un tal Colón había pasado por Limón –cuenta Juanita Segundo, una de las primeras indígenas bribris que recibió enseñanza en español.

Nieta de un curandero, Juanita Segundo pertenece al clan Yëyëwak y vive actualmente en la reserva Kekôldi, en las tierras bajas de Talamanca, hoy convertidas en centro turístico.

Como en todos los grupos indígenas de América, Cristóbal Colón genera sentimientos encontrados entre los indios de Talamanca.

-Desde que llegó Colón hasta que mataron a Antonio Saldaña, el último rey, desaparecieron también los grandes sabios. Por eso los bribris y cabécares no se han molestado en recordar a Colón –agrega esta mujer de 40 años.

Juanita habla en el pequeño recibidor de su casa, una casita de madera sentenciada por la humedad a una urgente reparación, mientras talla un trozo de bálsamo y curte una piel de iguana para confeccionar un tambor que algún turista comprara. En la pared, algunas fotos de familia tomadas el día de la raza y el día de la graduación. Un contraste llamativo.

-Para nosotros, el contacto con el hombre blanco se dio con los misioneros, ellos llegaron a bautizarnos, a casarnos, a evangelizarnos allá por el año 1600. Los curas tenían miedo porque los reyes fueron muy hostiles. Pablo Presbere, por ejemplo, mandó a incendiar la iglesia y eliminar a los misioneros. Lo mataron, igual que a Saldaña. Los usékar iban a elegir a una mujer pero ella tuvo amores con un negro y la desecharon.

La deriva continental
Para Juanita, los bribris llevan un siglo a la deriva.
-Cuando los indígenas tenían cultura propia, el rey resolvía los conflictos de tierra y los usékar protegían de las pestes. Cada año pedían ayuda para hacer una limpia, sembrar maíz, plátano, frijol. Ellos se comunican con Dular, el mensajero de Sibö, y nos mandan avisos. Pero el indígena ya no escucha.

En la casa de Juanita algunas tradiciones se conservan, otras se han perdido. La que más se respetaba era buscar marido en un clan compatible, pues casarse entre miembros de un mismo clan traía desgracias: “la mujer puede morir en el embarazo, los niños nacen deformes o la familia pierde la cosecha. Hasta la generación de mis abuelas, explica Juanita, hasta ahí venía bien. Luego se perdió”.

-Los únicos clanes que deben mantenerse puros son el de los reyes (Brupawak) y de los usékar. Una vez que se desvían, viene el castigo. Eso pasó con nosotros. Por eso nos quedamos sin clan, sin reyes, sin grandes doctores.

Actualmente los bribris no sobrepasan las 11 mil personas. Son una comunidad que ha logrado preservar etnia, cultura y tradición. Sin embargo, la penetración del Estado, de la compañía bananera y las escuelas en español debilitaron mucho sus tradiciones y su concepción del mundo.

La que más se echa de menos es la tradición de construir la casa cósmica para dar techo a los integrantes de todo un clan. Así en cada casa podían habitar hasta 300 personas. Se supone que el techo es la bóveda celeste. Cada amarre un nudo de estrellas. Cada estrella debe estar bien sujeta a la armazón del cielo para que no se derrumbe. Al centro el bastón que une los mundos superiores con los cuatro mundos subterráneos. Los españoles la llamaron “palenque”. El modelo fue copiado por la compañía bananera para albergar a sus peones y, más recientemente, por hoteles y restaurantes para dar un aspecto típico a sus instalaciones.

Los espíritus de la selva
Juanita se dedica a administrar un criadero de iguanas. No tiene hijos, pero tiene sobrinos y varios sementales de iguana que han ayudado a repoblar de esta especie la baja Talamanca. A principios del siglo XX, los territorios indígenas fueron ocupados por la United Fruit que buscaba expandir sus plantaciones bananeras. Los indios fueron despojados y obligados a replegarse en lo alto de las montañas.

La madre de Juanita, Catalina Morales, cuenta en bribrí cómo fue que los usékar o curanderos echaron a la compañía bananera de la tierra de Sibö. La mamá se vale de las manos y de muchas expresiones que Juanita traduce. Toda la selva que había aquí, todo eso lo derribaron para meter el banano y la línea férrea. Se cometieron muchos abusos contra los indios.

-Como en ese tiempo teníamos los usékar –relatan un poco cada una-, ellos hicieron curaciones especiales para ahuyentar a la bananera. Primero mandaron a los indios a guardar ayuno por un mes”. Con madera de balsa hicieron una banquita con cuatro patas y la echaron al río. Eso puede desatar diferentes fenómenos, agrega Juanita.

En este caso, el banquito arrastrado por la corriente despertó a Dikum, el tigre de agua. Las fincas se inundaron, las lluvias rompieron los puentes y la línea férrea, los bananos se secaron, todo quedó sepultado en el fango.

-¿Cómo lo lograron?
-No sabemos. Esos conocimientos son casi extintos. Tal vez, si los grandes sabios volviesen a vivir, podrían explicar qué significa –dice Juanita como pensando en voz alta.

Leyendo a William Gabb y Doris Stone, en especial sus referencias a magia y religión, se infiere que el banquito de cuatro patas utilizado por los adivinos para consultar las piedras mágicas, representa los cuatro mundos subterráneos gobernados por Sulá: el de las enfermedades, el de los indios muertos, el de los animales y el de los espíritus malignos.

El cuatro es clave entre los bribris y cabécares. Así por ejemplo, cada que nace un nuevo ser hay que nombrar cuatro ríos; el propio Sibö entró a una mujer en forma de viento y luego penetró la tierra para atravesar los cuatro mundos subterráneos. Cuatro días le tomó la travesía.

-Los bribris somos vistos por los espíritus como semillas de cacao. Algunos nos cuidan, otros nos cazan –explican las dos mujeres-. Cuando Dikum, el tigre de agua, caza un indio, se lo chupa como si fuera una mazorca de cacao.

Como buenas familiares de curanderos Juanita y su mamá conocen muy bien las leyendas fundacionales de los indios de Talamanca y de la llamada tierra de Sibö, el dios creador. La más interesante es la que habla de las semillas de los indígenas.

El clan de los navegantes
Cuando Sibö creó el mar, también creó las semillas. Hizo varias pruebas con granos de maíz, pero las semillas no podían germinar sin ayuda del murciélago. De una semilla nacieron los indígenas allá donde sale el sol. Otra semilla la puso en una balsa y le sopló, la balsa se perdió en el mar. Era la semilla de los sikuas, de los extranjeros con piel y rasgos distintos que después volverían, como las tortugas cuando desovan, traídos por el mar.

Cuando los españoles llegaron al territorio de Sibö, nadie se sorprendió. Tal vez del otro lado del mundo, Sibö, el dios creador, también había escogido las semillas de los clanes y repartido las tareas. El clan de los navegantes vino primero buscando el sitio donde Sulá, amo y señor del inframundo escondió el oro. El linaje de los indios nunca pensó que aquel metal que las tribus del sur enseñaron a moldear con cera perdida, causara tal descontrol entre los descendientes de los sikuas.

Tanto se apartaron de las enseñanzas de Sibö, que ya no cumplen ninguna de sus leyes, ni habitan la casa cósmica que los proteja de los espíritus malignos. Con ellos, Sibö nunca es bromista, ni se disfraza de zopilote cuando quiere enfiestarse, ni participa en las chichadas alegre de convivir con su obra.

Mulurtmi
-Los bribrís somos temerosos del mar, casi nunca nos adentramos en él. Quizás por eso le inventamos una bonita leyenda:

Mulurtmi era una mujer muy inquieta, siempre en movimiento. Un día fue a visitar a un awá.

Cuando un awá guarda ayuno, no puede tocar a nadie, aclara Juanita Segundo al recrear la leyenda. Mulurtmi le pidió permiso de acostarse en su hamaca. No le costó mucho convencer al curandero.

Entrada la noche, ella sintió deseos de orinar. Como estaba tan oscuro, le pidió su bastón prestado. Un awá nunca debe separarse de su bastón, pero Mulurtmi sabía cómo persuadir a los hombres.

“Llévalo, pero no lo sueltes ni dejes que caiga al suelo”, recomendó el awá. Ella no hizo caso alguno y cuando intentó recuperar el bastón de la tierra, éste se convirtió en serpiente y la mordió. El awá no pudo curarla. Ella murió, pero su vientre crecía y crecía.

“Dios, como es Dios, sabe lo que ella significa”, apunta Juanita, así que mandó unas ranitas a posarse en su estómago para que no estallara. Las ranas escucharon ruidos misteriosos en las entrañas de la diosa muerta. Era una criatura llorando desconsoladamente.

Las ranitas se pusieron a arrullarla, pero el vientre seguía inflándose hasta reventar y lo que brotó fue un árbol y mucha agua salada. El árbol creció y creció, traspasó la bóveda del cielo. Sibö comenzó a preocuparse y envió a unos hombres a cortarlo, pero el árbol se sellaba cada vez que lo herían, porque los hombres comían alimentos secos.

El árbol estaba a punto de romper el techo cósmico. Fueron enviados otros hombres que hundían el hacha en el tronco y sólo conseguían sacar astillas. Sibö mandó entonces a Okama y otros espíritus que al fin derribaron el árbol y, antes de que las aguas se perdieran en el espacio, mandó al venado a circundar la tierra para que el gran océano derramado de las entrañas de Mulurtmi quedase como un anillo alrededor del mundo.

Fue así que las hojas se convirtieron en peces, las loras en tortugas, la araña en pulpo o en estrella de mar; y muchos pájaros que habían hecho su nido en el gran árbol se quedaron viviendo cerca del mar, como las gaviotas y las fragatas.

Ese fue el mar apacible, intempestuoso, a veces femenino, que surcó Colón, el mar Caribe.

Diciembre de 2005