7/9/07

Campaña Humanitaria en las montañas de Talamanca

Realizada por 5 días en lo más remoto de Talamanca en Setiembre del 2005
Manuel De la Cruz Ramírez
Antropólogo
Era un lunes y la rutina no podría ser otra de esa que se vive un domingo, un viernes o cualquiera de los feriados en lo más alto de las montañas habitadas de Talamanca. Cuando la miseria y las plagas de animales peligrosos son parte del quehacer diario de una persona, indistintamente de la edad, no se puede hacer otra cosa más que avocarse a ese hálito innato por aferrarse a la vida misma y sobrevivir.

El 15 de setiembre estaba cerca y nadie se emocionaba con la ilusión de un fin de semana largo, puesto que el feriado caería un día jueves. Ningún niño añoraba participar en el Desfile de Faroles la noche del miércoles ni ningún adulto se afanaría por no perderse el Clásico del próximo fin de semana.
Más aún, mientras el país entero se enorgullecía de que su Selección Nacional acariciaba su tercer boleto a un mundial y lo políticos discutían sobre el TLC. de cara a las próximas elecciones presidenciales, en la mente de un cabécar de la zona indígena de Alto Telire sólo había una cosa que acaparaba su atención: paliar el hambre.

Ni siquiera se le ocurriría cuestionarse si comería otra vez sólo frijoles y arroz, o si esta comida le apetece más que la otra, o si la cantidad de grasa o carbohidratos es adecuada o no. Lo único que se ocupa la mente de un cabécar, ya sea mujer o varón, infante o adulto, es con qué calmará esos retorcijones en su estómago y punto.

Los más longevos recuerdan haber escuchado de sus padres que cuando fueron desplazados de sus tierras costeñas por la incursión expansiva de las bananeras y pudieron encontrar refugio y tranquilidad en las cumbres talamanqueñas, la caza abundaba en la zona. Lamentablemente las presas se fueron alejando o sus poblaciones disminuyeron por sobreexplotación y ya no queda nada considerablemente grande a lo que se le pueda apuntar con cerbatana. Actualmente se caza hasta pajarillos del tamaño de un yigüirro, ya que es la única fuente de proteína a que se puede tener acceso en esa montaña.

A nadie se le ocurre echarle mano a los chanchitos que merodean por todas partes, ya que ellos constituyen una verdadera alcancía andante. Por su costumbre de meter la trompa en todo lado para procurarse alimento, el cerdo es el único que puede darse el lujo de rellenar sus huesos y no exhibir las costillas como lo hacen los raquíticos perros del lugar. Cada fin de año estos cerdos son acarreados una semana a pie entre trochas enraizadas y embarrialadas, atravesando guindos, quebradas y barañales hasta los más alejados centros de población del Valle la Estrella, donde quienes viven de una actividad económica relativamente estable se los compran para hacer los tamales.

Es entonces cuando todo se vuelve fiesta. Con ese dinero se compran cigarros, baterías, fósforos y tal vez algunos utensilios y abarrotes, se echan entre un saco y se inicia el peregrinar de 7 días hasta sus palenques. De camino duermen en otras aldeas mucho más favorecidas por su cercanía a la “civilización” dado que eso les permite comerciar con plátano, lo que les puede representar hasta un ingreso de ¢20.000 mensuales cuando les va bien.

Al regresar ya tienen lista una chichada de pejibaye o guineo para celebrar la venta de los cerdos y la bebedera es hasta caer. Como las chichadas son frecuentes como único paliativo de las angustias de vivir en miseria, muchos especulan con los cigarros, vendiéndolos hasta por cuatro veces su valor original. Los pocos víveres traídos desparecen entre tantas bocas que alimentar ya que una prole de 7 hijos es considerada normal entre los cabécares.

Pero la despejada mañana de aquel lunes de setiembre traería sorpresas y razones por las cuales alegrarse y olvidarse un poco de la monotonía y las penas de sobre-vivir en la montaña. Desde abajo, por el cañón del Río Telire, se escuchaba un ruido poco común, como de golpes a una cobija tendida, que ya habían escuchado en otras ocasiones. Se trataba de las aspas de un helicóptero que cortaban los aires y cuyo eco retumbaba entre las paredes rocosas del los despeñaderos engalanados con hermosos chorros de agua precipitándose al vacío.

El ver un helicóptero siempre causa sensación a cualquier tico. Para un indígena en lo más recóndito de la montaña, la conmoción es aún mayor. Ellos saben que no se trata de estrellas de cine, funcionarios importantes o turistas adinerados, sino que de gente con un gran sentido humanitario que cada vez que llega, trae consigo personal médico que puede aliviar los estragos causados por el papalomoyo en su piel, los piojos en sus cabelleras o sus múltiples padecimientos intestinales por la falta de higiene adecuada. Aquel era un Vuelo de Esperanza.

Para quien escribe, aquella fue la primera vez que se montaba en un aparato de esos, concretando así la última fase de un largo proceso de gestión detrás de la quijotada de brindar asistencia a una comunidad de seres humanos, tan costarricenses como todas las otras miles de comunidades que componen este país, y que por su inaccesibilidad no están al tanto de lo que ocurre en las altas esferas políticas, futbolísticas y eclesiásticas de Costa Rica ni del mundo, pero que igual que el resto de ciudadanos se ven afectados por cualquier evento climático de origen humano o natural.

Pero no se trataba de un capricho en el que se elegía beneficiar a la comunidad más inaccesible del país como pretexto para viajar en helicóptero. De ninguna manera. Aquella era la 11ª vez que la Asociación Pro-ayuda al Indígena de Talamanca (APIT, de la cual soy miembro activo), liderada por una activista alajuelense de apellido Saborío desde hace 4 años, emprendía una campaña humanitaria a favor de los ticos más olvidados de todos los grupos, cuya existencia ignoramos la mayoría de habitantes de esta “Suiza Centroamericana” donde no todos somos tratados como “hermani-ticos”.

Desde hacía varios meses, la señora Saborío (de profesión Ama de Casa y con un esposo y 4 hijos en edad escolar que atender) venía emprendiendo una esmerada labor de coordinación con filántropos de la sociedad civil, la Clínica de la Caja Costarricense del Seguro Social (C.C.S.S.) en Talamanca, el Comando de la Fuerza Pública en el Valle la Estrella, los jerarcas del Ministerio de Seguridad Pública (MSP) en San José, el Consejo Social de Casa Presidencial, el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), la Comisión Nacional de Emergencias (CNE), el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), la Cruz Roja Costarricense, la Asociación de Desarrollo Integral de Alto Telire y la empresa Aerodiva, única en el país con un helicóptero capaz de transportar hasta 3000 libras de equipo dental, medicinas, víveres o personal de apoyo en cada vuelo. Como fruto de tan tesonera labor, el helicóptero requirió de 8 vuelos para trasladar desde el Valle la Estrella cientos de diarios, sillas odontológicas, compresor, generador, docenas de cajas con vacunas y medicinas, papelería registral, tiendas de campaña, baterías de cocina, insumos agropecuarios, y un contingente de 20 altruistas de las diferentes organizaciones que sacaron una semana entera de su tiempo para dedicarse por entero a los cabécares.

La víspera del Vuelo de Esperanza, voluntarios de APIT, con el apoyo del MSP quien nos facilitase un camión con todo y chofer, habíamos trasladado donaciones de víveres, botas de hule, prendas nuevas y juguetes desde nuestro centro de acopio en Alajuela hasta el Valle la Estrella, donde el Comando de la Fuerza Pública nos ofreció hospedaje y escolta para el día siguiente.

Recién despuntó el alba, nos desplazamos hasta la plaza de la comunidad indígena de Vesta, que sería nuestro helipuerto improvisado, y descargamos el camión con la ayuda de los policías. Decenas de ojos curiosos nos rodearon rápidamente y no faltó quien nos solicitara el obsequio de un diario o unas botas de hule. Pero pese a la pobreza de esta comunidad indígena, sabíamos bien que había gente, a varios días de camino, con necesidades aún más apremiantes que las de los pobladores de Vesta, que, si bien son de escasos recursos económicos, al menos tienen acceso a ellos así como a la consulta médica.

Al poco tiempo llegó el personal médico de la CCSS junto con militantes de la CNE de la zona. También se hizo presente un camión cisterna con el combustible del helicóptero para rellenarle el tanque después de cada vuelo, puesto que, una vez en el aire, nunca se sabe cuándo las condiciones climáticas pueden variar y si acaso habría que sobrevolar prolongadamente antes de poder aterrizar en un lugar seguro.
Al fin la aeronave arribó y nos apresuramos a cargar los equipos y el personal de apoyo para que fuesen alistando el campamento desde temprano: cavando una letrina, cortando ramas y armando cobertizos que nos servirían de consultorios improvisados y para pasar la noche.

Como nuestro destino estaba a 30 minutos de vuelo, cada hora nos tocaba volver a cargar el helicóptero teniendo cuidado de no experimentar ninguna amputación por las aspas que poderosamente giraban sobre nuestras cabezas.

Una vez enviados materiales y personal, me tocó abordar el helicóptero y nos enrumbarnos hacia la montaña, siguiendo el curso del río La Estrella primero, y luego el del Telire. Pronto todo era verde los 360º alrededor y la línea costera despareció de vista tras las laderas de las montañas. La sensación de volar en un aparato de éstos era mucho más estable de lo que pensé y con gran pericia el piloto sorteaba nubes, picos y barrancos hasta aproximarnos a una garganta en lo alto de la cuenca del Rio Telire, donde en una saliente rocosa de la cordillera había sido establecido el campamento por los expertos socorristas.

Se trataba de un punto estratégico, accesible tanto para las poblaciones de las cimas montañosas como para los de las laderas a ambos lados del cañón del Telire, desde cuyos farallones descollaban magníficas caídas de agua. Parecía increíble que un lugar tan bello albergara tanta miseria e insalubridad en un país cuyos índices de salud destacan dentro de Latinoamérica entera.

Al descender, luego de ver cómo nuestro medio de comunicación con el mundo se alejaba entre la inmensidad verde, nos reunimos con el resto del equipo y se designaron los lugares donde se iniciaría con la atención a la mayor brevedad posible, al menos de los pocos vecinos presentes, pues sabíamos que el ruido del helicóptero habría alertado a toda la gente de los alrededores.

Lo primero en instalarse fue por supuesto la cocina y que por la espera y el ajetreo la mayoría no había probado bocado durante las últimas 4 o 5 horas de intensa faena de acarreo y custodia de equipo y donaciones.

Una vez almorzados, se abrió la consulta odontológica en un galerón levantado para servicios religiosos por misioneros cristianos, el consultorio médico en otro extremo del inclinado enzacatado que sirvió de helipuerto y en el rancho más próximo, donde nos permitieron habilitar nuestra cocina, también se instaló la Unidad de Vacunación, la oficina del Registro Civil y el despacho del Censo de Población, a cargo el cual me mantuve durante la mayoría de la estancia allí.

También utilizamos momentáneamente el rancho como bodega para las donaciones, mientras se montaba una tienda de campaña grande donde poderlas resguardar del asedio de los famélicos perros y los desenfrenados chanchos. De los indígenas no había que preocuparse pues resultan tan respetuosos que nadie se atrevería a coger algo que no le ha sido entregado por quien lo llevase.

El resto de la tarde prácticamente fue una práctica para lo que nos esperaría durante los días venideros, dada la poca asistencia de los vecinos. Aprovechamos entonces para explorar los alrededores y conocer el camino hacia donde los policías habían montado la letrina desde temprano, recorrer la picada hacia un pequeño pozo de agua de muy dudosa potabilidad y aventurarnos 300 interminables metros por un resbalosísimo trillo en la ladera de la montaña hasta una quebrada que sería nuestra única fuente de agua para cocinar y bañarnos. Nos alegramos de haber traído agua en botellones de 6 litros con agarradera en vez de los bidones que teníamos en mente al principio, pues habría sido muy tortuoso, una vez agotada el agua traída, acarrear cuesta arriba un bidón al hombro por semejante tobogán de lodo. De allí nació la idea de procurar buscar una naciente de agua montaña arriba para proyectar una tubería en nuestra próxima visita, que les sirviera a los vecinos y a la vez a quienes deseen desplazarse hasta aquellos lugares a darles asistencia de salud, educativa o de cualquier otro índole.

Al oscurecer notamos que el número de asistentes había crecido susceptiblemente. Pensamos que vivían en los ranchos aledaños y se irían a casa luego de la cena, pues no podíamos dejar de convidarlos de nuestro arroz y frijoles a sabiendas que el único alimento que aquellas personas ingerían cotidianamente era plátano verde sancochado y sin sal, por la carencia de ésta. Pues estos indios, una vez comidos, no se pusieron a caminar como reza el estereotipado refrán. Más bien se mantuvieron a nuestro alrededor cual estatuas de carne y hueso mirándonos sin decir nada, lo cual era obvio dado su desconocimiento del español y nuestra ignorancia del cabécar. Resultó que en aquellas montañas, donde la monotonía nocturna es abrumante (sólo se piensa en mantenerse caliente y seco), el hecho de tener visitas resultaba apasionante. Cualquier cosa que hiciéramos era novedoso para ellos: oírnos hablar en un lenguaje no 100% comprensible para la los pocos que masticaban el español, observar nuestra vestimenta, el radio de transistores, los juegos del celular, el foco de luz blanca, el libro con láminas y dibujos, aquellas ollas y trastes relucientes y sin mugre, la plantilla de gas, los anteojos de alguien, la forma de reírse y tantas otras cosas de nuestra cotidianidad que suelen pasar desapercibidas ante nuestros ojos porque nos resultan tan familiares. Nos convertimos en las actrices y los actores de los cabécares, en un espectáculo de teatro, como si fuésemos el cine o el televisor indígena.

Finalmente nos venció el sueño y cada quien se retiró a dormir y yo me quedé solo en el rancho con la pareja que habitaba bajo aquel techo de hojas de palmera sin paredes. Lo único que nos protegía del frío viento nocturno eran las raídas cobijas que, a manera de biombo, guindaban de los cuatro parales o postes del taburete o mesa de cáñamo que servían de cama, a ambos lados del centro del rancho, donde se encendía la hoguera. Nunca había valorado tanto mi saco de dormir y mi colchoneta de acampar como en aquella ocasión.

Aún no había despuntado el amanecer cuando unos gruñidos casi al lado de mi oreja me despertaron. Se trataba de unos cerdos que habían irrumpido en nuestra alacena (unos sacos estibados al lado mío) y se estaban dando un festín de manteca, refrescos artificiales en polvo y tortillas. Comprendí entonces el por qué los indígenas mantienen la comida siempre colgando de alguna horqueta.

Una vez despertado, recibí el llamado de la naturaleza y acudí a estrenar la letrina, que no era más que un hoyo con dos troncos gruesos paralelos y una mampara de plástico negro por aquello del pudor urbano.

Cuando regresé al rancho, ya había varias visitas esperándonos. Luego comprendería que eran nuestros acompañantes nocturnos que se habían quedado a pernoctar donde un vecino, pues vivían a varias horas de camino y ya que no habían llegado a tiempo a la consulta el día anterior, estaban decididos a ser los primeros en la fila para esa mañana. Además de que nadie en la montaña se atreve a caminar de noche por temor a pisar alguna de las tantas serpientes venenosas que salen a cazar en la oscuridad.

Mientras el resto de los compañeros se levantaban, iban al baño, o a lavarse en la quebrada, yo me dediqué a calentar agua para chorrear café y una vez colado hice lo que normalmente uno hace con la bosorola: la boté en las afueras del palenque. Cuál no sería mi sorpresa cuando varios indígenas se aprestaron a juntar lo que yo acababa de desperdiciar! Claro: cuando la pulpería más cercana queda a 7 días de caminata entre montaña, UNO JUNTA Y REUTILIZA LA BOSOROLA DEL CAFÉ !!! Gran lección me estaban dando aquellas personas.

Luego vendría la preparación del desayuno comunal, y hubo que hacer una tanda extra para poder invitar a todos los madrugadores presentes, que habían pasado la noche no donde un vecino como supusimos, sino que se habían acurrucado (adultos y niños) bajo un plástico a la orilla de una quebrada donde pudieran encontrar mayor protección contra el viento, todo por estar cerca de quienes les proveerían de medicinas y alimentos. Y pensar que muchos conciudadanos son capaces, no sólo de acampar en las afueras de un estadio por asegurarse un lugar en la primera fila de un concierto, sino también de pagar por un boleto lo que un peón agrícola recibiría en un mes… mientras que en Alto Telire estos pacientes hacían mucho más sólo por ganarse un poquito de pinto y una aspirina.

Una vez que abrimos la atención al público durante nuestro segundo día de campaña, prácticamente el resto de la estancia sería sumamente invariable: trabajar de 8 a 9 horas sin descansar más que para hacerse tragado un gallito y echar mano a cantidades industriales de paciencia para tratar con gente que, además de no hablar castellano (pese a que contamos con el valioso apoyo de varios bilingües del lugar) desconocían o se mostraban reacios a compartirnos datos particulares de sus núcleos familiares, tales como nombres precisos o edades de los niños. En la parte registral eran muy usuales las contradicciones entre los datos reportados la última vez que alguien del TSE se aventuró por esos lugares (hacía ocho años) y los datos ofrecidos en esta oportunidad. Hubo necesidad de utilizar muchos testigos para asegurarse de la veracidad de lo que se consignaba oficialmente. Con el censo de población la cosa no prosperó con mayor eficiencia, pues era usual que se invirtiera media hora llenando la hoja de un solo núcleo familiar, por las barreras idiomáticas.

Desafío similar enfrentaban los Asistentes Técnicos de Atención Primaria (ATAPs) a la hora de llevar el control de las vacunas aplicadas, pues todos se parecen y pretendían ser re-vacunados siguiendo la premisa de que “más vacunas es sinónimo de una mejor protección”.

Los dentistas fueron saturados por adultos al principio, pues los niños ni siquiera se arrimaban para un chequeo de dentina.. hasta que le asignamos a los odontólogos la labor de repartir los juguetes y los peluches entre sus pacientes.

En cuanto a la atención médica y de enfermería, tal y como se esperaba, la norma fueron los casos de pieles infantiles ya sea comidas por el papalomoyo o con abscesos por acurrucarse por la noche entre los perros y cerdos. También hubo muchos menores con estómagos exageradamente inflados por las lombrices y hasta un par de casos de infantes con problemas para erguir sus cabecitas dada la desnutrición severa que presentaban. Curiosamente, lo que más decían padecer los adultos era de dolores lumbares o de riñones, y no faltó quien solicitara pastillas para planificar, como el caso de Dominga, una joven de 21 años embarazada de su sétimo retoño.

Mientras la gente se aglomeraba de consultorio en consultorio, muchos aprovechaban el encuentro comunitario para ponerse al día de los chismes y armar rudas mejengas en botas de hule sobre el potrero inclinado donde días atrás había aterrizado el helicóptero. Nuestra campaña humanitaria se había convertido en todo un festival o turno para los cabécares de Alto Telire.

Con respecto a las donaciones que llevábamos, por experiencia sabíamos que si se repartían temprano, muchos indígenas regresarían a sus hogares sin siquiera haber sido atendidos por el médico. Así que optamos por sobornarlos. Además del San Nicolás Odontólogo, pusimos a los ATAPs a repartir confites entre los chiquillos que se dejaran vacunar y recompensamos con botas de hule a aquellos que durante la campaña se mostraron más colaboradores con nuestro equipo, además de que fuese evidente que las necesitaran. Los primeros días se repartieron unos pocos diarios y ropas sólo a aquellos que comprobábamos ya se habían chequeado y provenían de muy lejos (entiéndase más de 3 horas-indio entre montaña). Ya los dos últimos días se entregaron el resto de diarios y las prendas que nos había donado la CNE.

El último día tuve la oportunidad de participar en una inspección en compañía de personeros de la CNE de Talamanca, que habían estado peinando las zonas aledañas para identificar un punto para la ubicación de una antena de radio y monitorear así el comportamiento del río, dado que en aquella saliente rocosa se divisaba claramente cualquier presa natural que se pudiese dar en la parte alta del Río Telire, lo cual eventualmente desembocaría en cabezas de agua que inundarían las márgenes de la parte baja del río cuando desemboca al Sixaola. Bajamos entre inconmensurables y empinados barriales utilizando las raíces como agarraderas, hasta un punto donde el cañón se estrecha hasta sólo unos cuantos metros entre ambas paredes, donde en lo profundo de la grieta el río rugía con fuerza al aumentar la presión del agua y por consiguiente su velocidad. Del otro lado se habían visto unos 15 ranchos, lo cual podría modestamente significar albergue para unas 100 personas, la mayoría de ellos niños, como suele ser la tendencia familiar en esa área. Al llegar al “puente” quedamos atónitos por su precariedad. Este consistía en tan sólo 4 troncos paralelos de unos 30 cm. de diámetro cada uno sobre los cuales había que pasar haciendo equilibrio pues no contaban con un mecate o algo de dónde asirse para ayudar al balance. Pero el asombro fue mayor al ver a una señora cruzar con un bebé en su espalda y un par de niños menores de 5 años detrás de ella. Un lugareño nos contó que lo más peligroso en caso de una caída no era el agua en sí pues en ese punto era bastante profundo, sino los rápidos que se daban más adelante cuando la garganta del río se ensanchaba y detrás de cada peña se formaba un remolino.
Regresamos al campamento reflexionando cómo estos cabécares deberían de vivir su vida con mucha intensidad al estar expuestos a diario a tantos peligros que para el resto de costarricenses resultan casi producto de la imaginación de un guionista cinematográfico: serpientes venenosas por doquier, endebles puentes sobre precipicios, aguas turbulentas, insectos que transmiten parásitos que devoran la carne, pulmonía por las noches frías y húmedas, perenne estado de gravidez entre las adolescentes, violencia doméstica escudada en el silencio de la montaña, insalubridad, hambre.

Se nos ocurría pensar, al verlos entregarse con sorprendente pasión y fuerza a la mejenga en aquella cancha tan inapropiada, que quizás para alguno de ellos aquella sería la última jugada de su vida. Bastaría con resbalarse en el puente o pisar una toboba para que así fuese.

Quienes eran madres o padres de familia, deseaban traer a sus hijos a este lugar para que valoraran mejor el acceso a la educación que tienen en la ciudad y hasta las interminables filas del seguro.

Y justamente hacia esa accesibilidad es que APIT pretende avanzar en su futura visita a esa comunidad el año que viene. La idea es trascender lo meramente asistencial y buscar un desarrollo sostenible traducido en infraestructura para que los cabécares puedan contar con agua de una naciente y también un local donde pueda funcionar un centro de salud, una escuela o hasta impartirse servicios religiosos. De hecho, cuando el helicóptero regresó para devolvernos a nuestra realidad, traía consigo láminas de zinc, clavos y herramientas para dar los primeros pasos hacia un salón multiusos en aquella aldea indígena.

Por grupos abordamos el helicóptero sintiendo nostalgia, admiración y respeto por las personas que dejábamos atrás, pero también sintiéndonos privilegiados por el tipo de vida que nos había tocado llevar y agradecidos por las lecciones de frugalidad, tenacidad y humildad aprendidas de los cabécares que celebran tan intensamente la vida misma.

También era la hora de soltar las lágrimas reprimidas por la indignación por las condiciones casi infrahumanas en que aquellos hermanos costarricenses debían de sobrevivir día con día.

Era el día después a la fecha de nuestra independencia…