23/9/07

Al acercarse el 12 de octubre

Leonel Arana
AranaLA@aol.com
Como ocurre todo los años en las primeras dos semanas del mes de Octubre estaremos presenciando una vez más los esfuerzos de ciertos sectores de la prensa escrita y televisada de los Estados Unidos por denigrar la figura de Cristóbal Colón y por minimizar y falsear su papel, así como el de España en el descubrimiento de América o el encuentro de dos mundos, como también puede llamársele.
A Colón particularmente se le acusa de cuanta abominación se les pueda ocurrir. Para empezar le han cambiado el nombre y han dado en llamarlo Christopher Columbus, un nombre tan ficticio e inventado como el de la cerveza Budweisser, que no es inglés ni alemán ni nada, tratando de borrar su origen mediterráneo insinuando, Dios nos libre, alguna relación con Inglaterra.

Se cuidan muy bien, eso sí, de no mencionar que el Almirante firmó siempre sus documentos, entre ellos su acta de matrimonio y su testamento con el nombre de Cristóbal Colón, sin usar jamás tampoco el de Cristóforo Colombo, que le habría correspondido de ser cierto su cada vez más incierto y dudoso origen genovés.

Para concluír se le acusa también de no haber descubierto nada ya que los verdaderos descubridores de estas tierras habrían sido Erico el Rojo y los vikingos.

La verdad histórica es que diferencia de lo que ocurrió en los territorios conquistados por España, la población indígena de los Estados Unidos empezó a ser exterminada a tiros un siglo después de la llegada de Hernando de Soto a la Florida, con el arribo de los primeros inmigrantes ingleses o pilgrims a Postsmouth, genocidio tipificado en la masacre de todos los indígenas de la tribu Pequot en sus propias tiendas de campaña mientras dormían una madrugada del año 1637 por los puritanos y naturalmente que en el nombre de Dios en lo que hoy es el Estado de Connecticut.

Sin embargo, durante la época colonial de los Estados Unidos el genocidio no fue tan grande como podía haberlo sido debido principalmente a que la corona inglesa no condujo, como más tarde lo harían unos Estados Unidos independientes y soberanos, una política de exterminio sistemático de los nativos, para lo cual prohibió la colonización de tierras al oeste de las montañas Apalaches dejando a los nativos en posesión de un territorio inmenso en el que lograron escapar a la muerte por casi dos siglos.

La gran mayoría de las tribus norteamericanas entre ellos los Cherokees, Shawnees, Apaches, Creeks (Miccosukees), Seminoles, Siouxs, Cheyennes, Navajos y Comanches lograron sobrevivir durante esos años por la sencilla razón de que desde la llegada de los primeros colonizadores o "pilgrims" y particularmente después de fracasar en algunos intentos de rebelión y sufrir la derrota de Pontiac empezaron un largo y paulatino retroceso hacia donde no habían colonizadores sajones, llegando ya para siglo XVIII a lo que en esa época era nominalmente el dominio francés de la Louisiana, enorme territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados que se extendía al oeste del río desde el Golfo de México hasta la frontera con el Canadá cubriendo lo que hoy son los estados de Louisiana, Arkansas, Missisipi, Missouri, Illinois, y Minnesota, entre otros o en los territorios sometidos a la Corona de España, en lo que es hoy el estado de Florida o en el territorio al Oeste de la Louisiana hasta llegar al Océano Pacífico.

En 1803 el Presidente Jefferson duplicó el tamaño de los Estados Unidos por medio de la compra de la Lousiana a Napoleón por 15 millones de dólares, lo que dejó a más de la mitad de la población indígena sin refugio. La situación de los indígenas empeoró todavía más en el año de 1821 con la compra de la Florida a España, lo que dejó a merced de los sajones a las diferentes tribus allí refugiadas, entre ellos los Creeks (Miccosokees) y los llamados Cimarrones, llamados así por su comportamiento nómada y conocidos por la mala pronunciación de ese vocablo por los norteamericanos como Seminoles.

Vale aclarar que los Cimarrones o seminoles jamás constituyeron una tribu, sino que eran grupos formados por refugiados de diferentes tribus indígenas y esclavos negros fugitivos que viajaban juntos apoyándose unos a otros. El colmo es que el despojo fue supuestamente legalizado, pues en 1830 el Congreso de los Estados Unidos decretó por medio de una ley especial, el Indian Removal Act, que todas las tierras aun conservadas por los indígenas en los viejos y nuevos territorios de los Estados Unidos debían pasar a manos de los Blancos, y que los indios debían marcharse fuera del país, al oeste del Missisipi hacia el territorio español.

Pero hasta este refugio perdieron los indígenas en 1840 con la derrota de Santa Ana en la guerra México-norteamericana. Por el tratado de rendición, Santa Ana cedió a los Estados Unidos otro inmenso territorio que cubría lo que hoy son los estados de California, Nuevo México, Texas, Arizona, Colorado, Nevada y Utah. A partir de esta fecha a los indígenas no les quedaba ningún territorio en que refugiarse y su destino estaba ya sellado.

Las cifras reflejan la magnitud del genocidio. A partir de 1803 hasta llegar a 1890 la población indígena de lo que hoy son los Estados Unidos se redujo de diez millones de personas a medio millón. Tribus enteras como los Miccosukees, refugiados en los pantanos de la Florida pasaron de cerca de cinco mil a solamente cincuenta (no cincuenta mil, cincuenta), entre 1821 y 1890. (Como prueba fehaciente de la ferocidad con que el nuevo inmigrante europeo trató al indígena norteamericano aún se conserva en un museo del estado de Colorado el original de un estatuto fechado en 1908 por el cual el gobierno del territorio ofrece pagar la suma de cien dólares a todo blanco que presente el cuero cabelludo recién arrancado de un indígena).

Los nuevos pobladores, en su mayoría de origen alemán, holandés, y escandinavo procedieron desde su llegada a la expulsión de los nativos, labor que era coordinada y mayormente ejecutada por el ejército de los Estados Unidos y su famosa y temida caballería montada o cavalry. Según registros oficiales de protestas de algunos militares la labor del ejército era cazar a los indios como animales para luego arrastrar a los sobrevivientes generalmente ancianos y niños a sitios inhóspitos y áridos, no aptos para proveerles sustento y lejanos a sus lugares de origen. Estos sitios, verdaderos campos de concentración fueron llamadas reservas indígenas o reservations y en ella todavía viven los descendientes de los derrotados. Los habitantes de estas reservas indígenas, hoy unos dos y medio millones tienen las tasas de analfabetismo y de pobreza más altas de los Estados Unidos, más bajas que el promedio de Latinoamérica, índices de alcoholismo que equivalen al triple del resto de la nación y un promedio de vida 15 años más corto que el de los otros habitantes de los Estados Unidos.

Muchas de las tribus han caído bajo el control de gángsteres organizados, que por centavos les han comprado los derechos a albergar casinos y vender tabaco, concedidos como forma de compensación y control por Washington, usando a los jefes indígenas únicamente como hombres de paja o presta nombres en las empresas que montan en dichas reservaciones. Hoy en día en las reservas indígenas más de 200 casinos de lujo, nominalmente propiedad de los indios. Sin embargo, estos supuestos dueños continúan en la miseria.

El resultado fueron tres siglos de opresión y explotación pero también tres siglos de asimilación y mescolanza de razas, costumbres, lenguas y creencias entre los dos pueblos. La población indígena también descendió dramáticamente en lo que es hoy América Latina, pero la mortalidad es atribuible más a las pestes traídas de Europa que al genocidio legalizado pues el conquistador español dirigió sus fuegos a los líderes indígenas o caciques durante el período de la conquista en el Siglo XVI a fin de subyugar a la población indígena para luego ponerla a su servicio.

Por el contrario, el grueso de las matanzas de indígenas de Estados Unidos ocurrieron en pleno siglo XIX, (la más célebres, entre ellas la masacre de Sand Creek, en la cual fueron casi exterminados los últimos Cheyennes en 1864 y las varias matanzas de Wounded Knnee en la que se les aplicó el mismo remedio a los últimos Siouxs y el asesinato de los caciques Sitting y Bull y Big Foot en el invierno de 1890), varias décadas después de que se habían publicado y aceptado por los mismos Estados Unidos los Derechos de Hombre y casi un siglo después que los iberoamericanos habíamos logrado independizarnos de España.