7/9/07

ESTAN ENTRE NOSOTROS Y NO LOS VEMOS

No se sabe a ciencia cierta quiénes habitaban Costa Rica antes de la llegada de Colón, en 1502. Tampoco se sabe cuántos eran.
Pero fuertes indicios nos hablan de una comunidad o un conjunto de comunidades indígenas posiblemente muy desarrolladas, cuyos orígenes se remontan a diez o doce mil años atrás.

Nuestro país fue puente y punto de unión. Las culturas del norte, de influencia Azteca y Maya, se encontraron con las del sur, de influencia incaica, precisamente en lo que hoy es nuestro territorio.
Aquí no se construyeron grandes templos de piedra, pues los materiales de construcción eran preferentemente vegetales: madera, hojas y barro.
Pero sin duda nuestros valles y litorales fueron asiento de una gran civilización, de la que quedan como testigos las esferas megalíticas del Pacífico Sur, los imponentes trabajos en piedra del Valle Central y la vertiente del Caribe, la cerámica policromada del oeste, principalmente de Nicoya, y los majestuosos trabajos en oro, que hoy se exponen en los mejores museos del mundo.
Nuestros indígenas jamás se sometieron. Por eso fueron diezmados casi por completo, o confinados a las altas montañas, en especial a Talamanca, que fue siempre el bastión de la resistencia antiespañola y hoy sigue siendo santuario de Bribrís, Guaymíes y Cabécares.
Actualmente, la población autóctona es muy pequeña, y se encuentra concentrada en 24 reservas indígenas en un grupo de zonas.

Ellos son:
• Los Cabécares, la mayor población. Viven en una amplia franja que va desde Turrialba hasta Pérez Zeledón, incluyendo las altas montañas.
• Le siguen los Bribrís, en Talamanca sur.
• Los Borucas y Telires se concentran en Buenos Aires y sus alrededores.
• También en el Pacífico Sur se ubican las poblaciones Guaymíes.

Muy pequeñas son las demás comunidades:
• Los Huetares, en el centro del país.
• Los Malekus, en las llanuras del norte.
• Los Chorotegas, en la península de Nicoya.

Reserva Indígena de China Kichá
Se ubica en Pejibaye de Pérez Zeledón. Cuando se fundó en 1977, la reserva contaba con 7.000 hectáreas. Hoy son solo 1.700, el 90 por ciento de las cuales está en manos de propietarios blancos, para quienes los indígenas trabajan como jornaleros maltratados y peor pagados.
Todos sus habitantes recuerdan cómo fue el despojo, que se inició desde mucho antes, apenas terminada la guerra civil de 1948.
Gregorio Ríos es nieto del fundador de la reserva, quien era propietario de un tercio de las tierras. Hoy sus descendientes no conservan ni un metro cuadrado de esa propiedad.
Pese a que era ya reserva indígena, el blanco utilizó todas sus armas para el despojo. Incluso sus dos “jawás” o médicos. Fueron despojados de lo suyo. Uno huyó hacia Talamanca. El otro se quedó hasta morir en la miseria.
La pobreza es el lenguaje común de estos descendientes del indio indómito.
No tienen tierra, no tienen agua potable ni luz eléctrica. Tampoco cuentan con servicio médico. Un camino casi intransitable es lo poco que poseen.
Para ir al centro médico más cercano primero tienen que caminar horas, y luego tomar el autobús que llega a sus linderos una única vez al día.
Las mujeres se quejan de que el personal médico las trata mal, y que muchas veces médico y paciente no se entienden por problemas de idioma.
China Kichá cuenta sin embargo con una escuela bilingüe, adonde asisten los niños cabécares y los niños no indígenas.
Al comienzo la población blanca se opuso a que sus niños aprendieran el idioma cabécar, pero poco a poco entraron en razón.
Actualmente, unos y otros aprenden juntos ese idioma ancestral, como un testimonio de su diversidad étnica, de la comprensión y de la tolerancia.
Los caminos son el elemento más típico del mundo indígena. Ellos fueron desplazados a las zonas más inhóspitas y peor comunicadas. En verano, se puede entrar con dificultad. En invierno, ya es imposible.
Una trocha conduce a la reserva guaymí de Alto Laguna de Corcovado, en la Península de Osa. Aquí los indígenas carecen de todo lo que pueda oler a progreso, excepto el hombre blanco, que se mete en su reserva a cazar ilegalmente y que invade sus tierras para luego exigir pagos por las llamadas "mejoras".
El hombre blanco está acostumbrado al pensamiento bíblico de que Adán era dueño de la creación, y podía disponer de ella. Por eso deforestar es su instinto natural.
Para el indígena, la relación con la selva tiene otra base filosófica. “Dios es el dueño de la naturaleza y el hombre no debe dañarla sin su permiso”, indicó Marino Mendoza, antropólogo.
El aborigen conoce la selva mejor que nadie y la protege, y durante mucho tiempo han actuado como guardianes del Parque Nacional vecino ad-honorem.
Si los jóvenes fueran contratados como guardaparques, las familias tendrían un ingreso en medio de este ambiente, donde no hay fuentes de trabajo.
Pero por razones desconocidas aunque presumibles, no se les contrata.
"7 Días" quiso conocer el criterio del Ministerio de Ambiente y Energía, pero el ministro del ramo no quiso darnos una entrevista para hablar al respecto.
Para ir de un lugar a otro, los guaymíes caminan horas bajo el sol o bajo la lluvia. Por eso las cinco comunidades guaymíes de la zona sur construyeron en Ciudad Neilly un albergue.
Los temblores de finales del año pasado dañaron sustancialmente la construcción y amenazan con crear deslizamientos en el terreno.
Los indígenas han pedido ayuda al Estado para reparar los daños, pero como siempre sucede, el Estado del hombre blanco pone oídos sordos.

Muy cercanos
Los indígenas se encuentran más cerca de nosotros de lo que pensamos. Apenas a 40 minutos de San José por excelente carretera, se encuentra la reserva indígena de Quitirrisí, habitada por indios huetares, descendientes de los que poblaban todo el Valle Central cuando llegaron los españoles.
A diferencia de las otras dos comunidades visitadas por "7 días", ésta ya prácticamente ha perdido el idioma, cuyos habitantes hablaron por siglos.
Son 1.100 indígenas que poseen apenas un tercio de las 3.200 hectáreas de la reserva.
Igual que en otras partes, aquí el hombre blanco se apoderó de las tierras a vista y paciencia de los gobernantes y, lo que es peor, todavía sigue haciéndolo.
Isabel Hernández tiene un pedacito de tierra en una ladera, pero sus vecinos blancos no la dejan en paz...
Un hecho muestra como pocos, la discriminación que sufre el indígena: La planta de tratamiento de agua de Acueductos y Alcantarillados suple a los cantones de Mora y Puriscal. La fuente de agua y la planta de tratamiento se encuentran en la reserva indígena, pero los aborígenes no tienen derecho a este recurso y por el contrario tienen que traer agua escasa y cara desde muy lejos.
En medio de los montes deforestados por el hombre blanco, los indígenas mantienen un bosque en tierra colectiva con fines de reforestación. Pero el Estado no les reconoce ni un centavo por los trabajos de conservación.
Nuestros bosques son la fuente de agua y de oxígeno, además del altar de nuestra diversidad biológica. Buena parte de ellos son conservados por los indígenas. Pero a cambio, ellos no reciben nada. Al contrario, el Estado les debe 4.000 millones de colones, que por ley debía girarles desde hace casi una década.
Pero si la discriminación económica está a la vista, mayor es aún la discriminación cultural y política.
Para hacernos solo una idea, desde hace siglo y medio el país ha electo 3.147 diputados propietarios y suplentes. Ni uno solo de ellos es indígena. Tampoco hemos tenido nunca un ministro indígena.
Pese a siglos de explotación y discriminación, el indígena conserva todavía lo más valioso que tiene: su orgullo.
El abandono de parte del gobierno es la tónica en todas estas comunidades.
Lo que los indígenas necesitan no es limosna, sino simplemente que se les dé lo que tenemos los demás costarricenses, y lo que deberían tener por derecho propio.