7/8/07

LOS PETROGLIFOS

Con este nombre se designa a los caracteres prehistóricos grabados en rocas. La palabra proviene de los términos griegos “petros” (piedra) y “glyphein” (tallar)

Estas grafías son consideradas como símbolos previos a la escritura y su uso en la comunicación data de más de 12.000 años.

Para algunos expertos, los petroglifos son la representación de una simbología fonética, por tanto formaron parte de la estructura lingüística del grupo aborigen a quienes se les atribuye. Las inscripciones en ellos, se disponen en función del sistema ideológico de una cultura dada.

Generalmente, quienes estudian estas piedras grabadas, recurren al práctico sistema de analogías y correspondencias, para descifrar los engañosamente caóticos trazos de los petroglifos. Este método ha demostrado ser eficaz y relativamente simple, cuando se trata de representaciones del mundo concreto. Donde con facilidad se puede interpretar la figura de un hombre, un jaguar, un rostro, un lagarto, una planta de maíz etc., aunque las formas caladas estén escasa, o por el contrario, artísticamente delineadas.

Pero cuando hablamos de petroglifos abstractos, la dificultad de su interpretación es directamente proporcional al grado de exterminio de la cultura que los plasmó.
Aquí el procedimiento analógico se torna exigente y requiere de gran intuición y disciplina por parte del investigador.
Tal es el caso de los tres ejemplos que les narraré a continuación:

1. Un muy probable mapa estelar
Allá por 1970 un joven fotógrafo y aficionado a la astronomía, llamado Michael O’Reilly F. se instala en un apartamento de dos plantas en el pequeño poblado de Moravia, ubicado a unos 7 kilómetros al noreste de San José. La ubicación de la vivienda le permite observar, con ayuda de un telescopio, los cielos meridionales, Dicha contemplación apasiona sus noches, pues el muchacho proviene de latitudes septentrionales, y aquello era para él “cielos nuevos”

Cinco años más tarde, visita en la provincia de Cartago el Monumento Nacional de Guayabo, (sitio arqueológico de acceso público) Este místico lugar descansa en las faltas del volcán Turrialba, envuelto por un paradisíaco bosque pluvial premontano. Fue ocupado desde el año 1000 antes de Cristo, hasta el 1400 después de Cristo. Allí se protegen los vestigios de una arcaica ciudad, atribuida a los aborígenes Huetares. Calzadas; puentes; tumbas; grandes basamentos de piedra de hasta 4.5 metros de altura y 30 metros de diámetro; tanques de captación y acueductos; esculturas impresionantes y petroglifos misteriosos, demuestran el excelso desarrollo de aquella civilización olvidada, poseedora de una ingeniería civil, una arquitectura y un desarrollo urbanístico que se extiende a lo largo de mas de una veintena de hectáreas, aunque solo una pequeña parte ha sido excavada.

Caminaba Michael muy de mañana por el adoquinado que bordea un amplio montículo, (vetusto basamento donde se erigiera en el pasado un descomunal rancho), cuando sus desarregladas tenis tropezaron con una laja del empedrado camino, aprovecha el momento para amarrar los cordones de sus zapatos y observa que la piedra de su tropiezo está ligeramente inclinada y posee un singular petroglifo, mismo que le evocó la representación primitiva de una araña. Apuntó su lente fotográfico a la piedra, pero como su intención era documentar la estructura de un antiguo acueducto, que milagrosamente aun funciona, decidió economizarse el cuadro y continuó su caminata por los senderos de Guayabo. Sin embargo la imagen primitiva de aquel gravado le venía insistente a la memoria.

Empezaba a caer la tarde, cuando una traviesa analogía irrumpió en su pensamiento, “Ese petroglifo parece una carta estelar” Entonces corrió hacia el lugar de su hallazgo, con la intención de ganarle la caída al sol y salvar la indispensable luz para sus disparos fotográficos. Sudoroso y sin aliento, logro capturar la imagen de la piedra utilizando los últimos cuadros del royo.

Invadido por la ansiedad, el joven fotógrafo se encerró en su cuarto oscuro y procedió sin dilación a revelar las imágenes. De inmediato advierte que el petroglifo esta dividido en 24 sectores, misma técnica usada en las actuales cartas siderales.
La madrugada lo sorprendió hurgando entre su amplia colección de mapas estelares. Pero ninguno concordaba con los primitivos trazos de la piedra.

El aire estaba impregnado ya con el aroma del café recién chorreado. Michael, en su desvelo, estaba a punto de desechar su descontextualizada idea, pero su testarudez le obligó a desplegar un plano más. Este mostraba los cuerpos celestes ubicados bajo el cielo meridional. El mapa contenía los puntos astrales, visibles desde un rango de latitud sur de -90 ° y los -60°. Michael quedó perplejo al corroborar como el moderno mapa estelar encajaba a la perfección con el petroglifo de Guayabo.

El 25 de Marzo de 1979, en la sección “Áncora” del periódico La Nación de Costa Rica, publicó las reflexiones de Michael O'Reilly con respecto al tentativo mapa estelar de Guayabo. Su artículo “Guayabo Sky Map Stone” del cual hemos tomado prestadas, dos de sus didácticas imágenes, se puede leer completo en: http://www.zurqui.co.cr/crinfocus/stone/stone.html

La hipótesis de Michael, nace en principio de la incomprensible sincronicidad de que es capaz nuestro pensamiento analógico. Luego vemos como este investigador nos completa su idea, basándola en argumentos lógicos y racionales, entregándonos como resultado un análisis metódico, serio y por demás intrigante. O'Reilly concluye su trabajo diciéndonos:

1. El petroglifo en la piedra de Guayabo representa un primitivo mapa del cielo meridional, ubicado exactamente entre los -90° y -60° grados de latitud sur.
2. Quienes concibieron el mapa, comprendían el movimiento de la esfera celeste a tal nivel que logran colocar el punto del observador en la precisa latitud de +10° norte.
3. Pese a considerar que el petroglifo representa un calendario astronómico, veo que no se enfoca a los movimientos lunares ni en la ubicación de estrellas, señala en cambio objetos no estelares débiles como puntos de interés. Esos hitos le permitieron calcular el día mas largo del año (solsticio de verano) la mayores épocas de precipitación pluvial etc. Es posible que la piedra fuera un instrumento didáctico utilizado por los chamanes de la época.

Michael O'Reilly reconoce en su artículo no ser científico, pero tiene la esperanza que arqueólogos y astrónomos profesionales, conforme el rigor de sus disciplinas, tomen en cuenta sus observaciones de la piedra mapa de Guayabo y de esta manera se llegue a considerar o descartar su hipótesis.

La Arqueoastronomía no ha tenido ningún desarrollo en Costa Rica. Esta ciencia estudia la visión, que poseyeron los pueblos antiguos de los cielos nocturnos. Se basa en el descubrimiento, estudio, y comprensión de los monumentos y artefactos que nos legaron las culturas del pasado. Nuestros antropólogos no consideran descabellada la idea de un complejo conocimiento astronómico por parte de aborígenes costarricenses. Sin embargo no tenemos estudios a ese respecto.

2. Una Posible Constelación Precolombina
Son en verdad escasas las esferas de piedra encontradas con petroglifos calados en ellas. En los pasillos exteriores del Museo Nacional de Costa Rica, se puede observar un buen ejemplo de estas esferas adornadas con calados.

La muestra está seccionada por la mitad, pero en uno de sus hemisferios se puede observar un intrigante entallado, cuyas complejas formas fueron cinceladas con firmeza en la superficie de la piedra.

El estilo particular de este complejo petroglifo no es raro verlo a lo largo de todo el territorio nacional, sin embargo el hecho de estar inscrito en una esfera, ha llamado la atención de algunos investigadores.

Inscripciones precolombinas similares a esta, han sido consideradas como indicadores geográficos, signos rituales, emblemas de clanes, sitios ceremoniales de poder, etc.

En Internet hay un sitio interesante, edificado por el costarricense Edwin Quesada. Titulado “Una posible constelación precolombina”

Este imaginativo profesional de la informática y amante de los cielos nocturnos, luego de observar con detenimiento la mencionada pieza, se sintió cautivado por la espiral que se encuentra en la parte inferior del diseño. Dicho remolino dentro del conjunto del gravado, le evocaron las constelaciones de Pegaso y Andrómeda en cuyas inmediaciones se encuentra la inconfundible espiral de la galaxia M31.

Desde entonces las neuronas de Edwin no lo dejaron en paz hasta lograr una interpretación astronómica coherente del gravado.

Partiendo de la sospechosa espiral, nuestro investigador se enfocó en realizar un estudio comparativo de las constelaciones de Pegaso, Andrómeda y de algunos agrupamientos estelares vecinos.

Edwin advierte que el perfil de una constelación se delinea conforme a las diversas interpretaciones culturales que un grupo étnico en particular, puede dar a un conjunto de estrellas en el firmamento.

Las formas constelares de Pegaso y Andrómeda, tal como hoy las conocemos, fueron dibujadas bajo la concepción de los pueblos mediterráneos. Por tanto una constelación precolombina en la misma zona estelar, reunirá un conjunto muy diferente de estrellas.

Este racimo de luceros jamás delineara un caballo, cosa que no conocían nuestros aborígenes prehispánicos, mucho menos con alas (Pegaso). Ni la estilización de una princesa de contexto griego (Andrómeda)

Renunciando al paradigma europeo, Edwin comparó las líneas del petroglifo en la esfera de piedra, con las agrupaciones estelares de la específica región cósmica, logrando sin mucha dificultad una constelación de 22 estrellas y sus grupos principales en concordancia con los objetos estelares más sobresalientes.

Concluye que el petroglifo en la esfera, representa no solo una carta celestial, sino además un practico planetario, aunque rudimentario funcional.

Para admirar los originales detalles de este estudio comparativo pueden visitar la página de Edwin Quesada en: www.geocities.com/paris/9111/index.html

3. Un primitivo sistema de información geográfico
Mas o menos en el año 2004, el oceanógrafo Costarricense Guillermo Quirós Álvarez, presentó su revelador análisis de 23 petroglifos, todos ellos ubicados en 7 sitios arqueológicos, descubiertos sobre la Fila Grisera, en el Delta del Diquís.

Sus estudios comparativos le permitieron evaluar que aquellos amerindios de neolítico, habían observado cuidadosamente su entorno y los fenómenos físicos relevantes, bajo el desarrollado ambiente de una organizada cultura, cuyo elemento central giró en torno del agua y su dinámica. Deduce la utilización del ángulo y la escala geométrica, instrumentos necesarios para realizar aquel primitivo: “Sistema de Información Geográfica” (SIG) El cual es una representación, mediante símbolos, de la distribución espacial, de las características de infraestructura, naturales o sociales de una región, con el cual lograron identificar, situar y referir apropiadamente: Cerros, aldeas, nacientes, golfos, bahías, desembocaduras e islas.

Para este exigente científico, la descripción de fenómenos por medio de una representación simbólica, debe de ser: coherente; universal y lógica. Estos tres componentes los encontró de manera palpable en los petroglifos del Diquís, donde sus trazos guardan relaciones de simetría. Su interpretación es válida para la generalidad de los casos. Y existe una clara correspondencia entre las características de la simbología y el fenómeno que representa.

La incuestionable disposición geométrica de estos petroglifos, le permitió establecer una interpretación geográfica de conjunto.

Al referirse a su descubrimiento nos dice:
“Los petroglifos emergen como un testimonio escrito que trasciende el tiempo y permite ayudar a comprender la verdadera estatura intelectual y el conocimiento adquirido por aquella cultura”

El por demás profesional trabajo de don Guillermo Eladio Quirós Álvarez. Titulado: “Los petroglifos del Diquís, Costa Rica: un SIG primitivo” Disponible en: http://rupestreweb.tripod.com/diquis.html

Sorprenderá a doctos y laicos. En él podrán admirar los diagramas de 23 petroglifos milenarios, y sus correspondencias análogas con nuestros modernos sistemas de información geográfica. Mismos que gracias a las computadoras han sido posibles en los últimos 20 años.

Existe poca evidencia de un Sistema de Información Geográfica (SIG), utilizado por otras culturas de la América prehispánica, pero no tengo la menor duda de que en el continente donde se desarrolló el concepto matemático del cero, la absoluta abstracción de la esfera, los tan exactos calendarios astronómicos, las más descabelladas construcciones ciclópeas… aparecerán, si se sabe buscar, estas evidencias. Me es difícil imaginar que los amerindios de todo el continente hayan dado la exclusividad a un selecto grupo de chamanes de la baja Centroamérica tal conocimiento.