7/8/07

LA ISLA DEL CAÑO Y LAS ESFERAS DE PIEDRA

Por Alberto Sibaja Alvarez en Sibowak.com
Esta bella Isla, actualmente y por fortuna es una custodiada reserva biológica. Se ubica en el Océano Pacífico, frente al Parque Nacional Corcovado en la Península de Osa, aproximadamente 17 Km. mar adentro de la boca del Río Sierpe. Posee una extensión de 200 hectáreas en la parte terrestre y 2.700 hectáreas en la parte marina.

La isla del Caño tiene gran importancia para los estudiosos.
Se cree que en tiempos precolombinos fue un importante centro de poder político y religioso. Entre los materiales culturales encontrados allí, se encuentran restos cerámicos y artefactos líticos tallados, incluyendo las esferas típicas del Diquís. Las piezas cerámicas halladas en su suelo corresponden a diversas fases del estudio arqueológico. El análisis de dichas fases ha demostrado que el lugar mantuvo ocupaciones por más de 1330 años de manera ininterrumpida. Además la presencia de reveladoras piezas del período Policromo Medio de Guanacaste, hacen pensar en la isla como un punto clave de intercambio comercial precolombino a lo largo de la costa Pacífica.

En la isla del caño no existen canteras del material de las esferas (granodiorita y gabro) y nadie puede imaginar de que manera un grupo de primitivos logró trasladar esos inmensamente pesados monumentos mar adentro.

Para reconstruir en mi imaginación tal hazaña un bien día, ¡excelente día!, (21 de marzo del 2004) decidí rentar, junto a dos aventurados amigos, una lancha rumbo a la isla del caño. No encontramos quien se arriesgara a cruzar a remo (canaleta) la traicionera boca del Río Sierpe y tuvimos que conformarnos con un bote construido en fibra de vidrio y armado con su poderoso motor fuera de borda. Con toda esa potencia, el experimentado capitán del bote, Don Guillermo Cerdas se vio en dificultades para trascender el punto donde el Sierpe entrega sus aguas al mar (la boca). Luego de ese punto la travesía fue apacible y maravillosa.

-¿Y que los lleva a la isla? –preguntó por encima del ruido del motor, don Guillermo, estando ya en mar abierto.

-Quiero fotografiar las esferas de piedra, me dicen que están en sus sitios originales –respondí.

-Lastima que queden allí tan pocas, las que permanecen se salvaron porque están en una loma y el bosque las ocultó por años.

-¿Y que paso con las otras? –pregunté intrigado

-En 1975 o en 76, más o menos, a mi edad todo se olvida, llegaron unos gringos asociados con mejicanos, rentaron la isla al gobierno y metieron trabajadores para limpiar el terreno, dicen que para construir un hotel con casino y todo. Entonces empezaron a salir las bolas, junto a ellas mucho oro de las tumbas, luego nos despidieron a todos pero nos dejaron sacar las bolas para venderlas en Sierpe, ellos se encargaron del trasporte en tanto nosotros no dijéramos palabra a nadie de lo que vimos… ¡el oro! Además nos pagaron el contrato sin terminarlo.

-¿Y que pasó con las esferas?... ¿Cuántas sacaron? – pregunté con notoria ansiedad.
-Creo que eran como una docena, de las grandes (superiores al 1.20 metros) a las medianas (por debajo de los 80 cm.) ni a las pequeñas (inferiores a los 50 cm.) nadie les hizo tiro (se interesó) esas las sacaron después.

-¿Entonces sacaron doce esferas grandes de la isla? –inquirí acercando mi pequeña grabadora a la boca de mi informante para que su voz trascendiera el molesto sonido del motor del bote.

-Mas o menos –respondió incomodo, retirando su cara del micrófono – yo no las conté, mi única preocupación eran las dos bolas grandes que me pertenecían.

- ¿Pero que pasó con las esferas? -insistí

-Las desembarcamos en Sierpe, Carlos, mi cuñado, llamó a sus contactos en Palmar y tres días después llegaron los compradores, casi todos de San José, Alajuela y Cartago, gente de plata. Yo fui uno de los primeros que vendí las mías, en ese tiempo pagaban hasta cincuenta mil colones por una grande. Con esa plata compré la finca que tengo en Sierpe y hasta me alcanzó para ir a conocer la capital, San José.
-¿Y que fue de los gringos y mejicanos?

-Dicen que tuvieron problemas con el gobierno por lo de los casinos y burdeles, pero yo no me trago ese cuento, para mí que recogieron los tesoros de la isla y se fueron tranquilos.

No he tenido tiempo para comprobar la veracidad del relato de don Guillermo Cerdas, pero lo comparto con ustedes como ejemplo de las muchas notas curiosas que se pueden coleccionar en la zona.

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