13/11/08

DERECHOS HUMANOS, ÉTICA Y PRÁCTICA ANTROPOLÓGICA

UNA REFLEXIÓN DESDE LA EXPERIENCIA CON MUJERES DE LOS PUEBLOS NGÄBE EN COSTA RICA
Ponencia presentada en el III Congreso Centroamericano de Antropología,
Universidad de Panamá, 28 de febrero al 3 de marzo de 2000.
Rocío Loría Bolaños rloria@cariari.ucr.ac.cr
Antropóloga Social, Investigadora en la Universidad de Costa Rica.

Presentación
La ponencia busca traer a la mesa una discusión con la cual nos ponemos en aprietos cada vez que toca dar señal respecto a las dinámicas de vida de algunas poblaciones y dentro de éstas, nos topamos con prácticas culturales que ya sea por propio resguardo del grupo social o bien, reacción ante nuestros propios estigmas, omitimos o minimizamos muchas veces en los relatos y etnografías.

La inclusión u omisión de aspectos de la cultura cuando los mismos tratan de situaciones adversas, cuya expresión social y sus efectos limitan y amenazan la vida de todas/os o una parte de las o los pobladores de un lugar determinado, es mi punto de partida para reflexionar sobre la justificación y/o el deber que como antropólogas/os tendríamos para dar razón o no de aquellos hechos culturales de los cuales llegamos a ser testigos, en tanto observadores y participantes.

Históricamente en el hacer antropológico, algunas prácticas culturales se han ignorado o tergiversado por los posibles efectos sociales (y por qué no, hasta personales) que su divulgación podría generar. La discriminación en contra de las mujeres y sus consecuencias en las distintas sociedades, es solo una de esas situaciones a los que hago alusión, y sobre la que particularmente planteo mi discusión.


Silenciamientos en la historia
Para nadie es desconocido que la discriminación genérica ha sido una práctica cultural desde la que históricamente han estado posicionadas las mujeres (en la diversidad de lugares, sociedades y culturas), la cual ha favorecido la ocultación de su condición y situación sociocultural. La visibilización de esta historia y de las situaciones a las cuales han estado sujetas, no se propicia sino por la participación de mujeres en espacios de producción de conocimiento y expresión, desde los cuales se plantea la necesidad de dar a conocer aquellos eventos que hasta entonces habían sido negados u ocultados por las oficialidades.

En este marco de reflexión-acción, desde la antropología también surge la atención por las mujeres en la disciplina, así como una revisión respecto al tratamiento y las interpretaciones que tradicionalmente se venían realizando en los informes etnográficos. Se plantea entonces, la necesidad de centrarse en la mujer en el sentido de estudiar y describir lo que realmente hacen las mujeres. La llamada antropología de la mujer y los denominados estudios de la mujer convergen en ésta propuesta. Estos vienen a señalar la necesidad de realizar una construcción histórica desde las mujeres, con lo cual se empiece a recuperar su presencia, los hechos y las circunstancias de las que son objeto, no obstante, queda claro que su inclusión no llega a resolver la invisibilidad analítica provocada hasta entonces.

La presencia o mención de las mujeres en los estudios antropológicos se caracterizaba, y aún sucede, por un patrón tradicional androcéntrico, desde donde se nombra la mujer en la familia, las relaciones de parentesco, las tareas y la organización económica familiar, es decir, en aquellos espacios donde es claro y admitido socialmente el papel femenino. No obstante, en el mayor de los casos, se llega a hacer omisión de aquellos acontecimientos relacionados a éstas prácticas y otros intrínsecamente relevantes para las mujeres, esto muchas veces porque los enfoques de las y los profesionales se basan en modelos masculinos de la propia cultura que buscan explicar los mismos masculinos en otras culturas, donde la consulta y la participación de mujeres en el proceso de investigación es ausente o muy parcializada. De esta manera, no se logra que el antropólogo o la antropóloga capte, oiga o entienda muchas especificidades de las mujeres, pues en el mayor de los casos la afinidad con el relato proviene de los modelos y personas (hombres) objeto de estudio, pero además donde la lectura de la realidad observada está condicionada a los intereses del observador.

En la antropología, la focalización de los estudios sólo sobre algunos grupos o sectores de la población es válida, así como la especialización en temas y situaciones particulares de una cultura; pero la ocultación de temas que siendo fundamentales dentro de la dinámica organizacional del grupo de estudio, y vinculados a los mismos aspectos específicos estudiados resulta importante de analizar, particularmente si éstos demandan una discusión necesaria de la población y de la cultura, por los efectos que generan y los controles que sobre algunas(os) establecen.

Esto particularmente ha sucedido en aquellos temas relacionados con la construcción simbólica y social del género y respecto a las relaciones sociales que de esta resultan, donde la desigualdad, la violencia y la exclusión generalizada contra las mujeres resultan prácticas complejas claramente instaladas en las distintas sociedades.


Hechos culturales que incomodan
Diferentes temas y prácticas sociales se llegan a obviar o minimizar, en su significado e impacto, al momento de dar cuenta respecto a la vida y cultura de poblaciones específicas. No es suficiente argumentar que los mismos se dejan de abordar por ser secretos de la población estudiada, porque los textos y experiencias antropológicas han demostrado a lo largo de décadas, que el o la antropóloga de una u otra forma logra llegar a temas y prácticas muy íntimas de las culturas, cuando se lo propone. Tampoco puede resultar siempre justificable, que se trata de elementos que escapan a la vista o el olfato antropológico del o la investigadora, aunque esto pudiera suceder. De ahí que llame la atención, porqué la omisión de algunos aspectos y eventos culturales o bien, su minimización al plantearlos, en el material etnográfico existente.

Si tradicionalmente se abordan temas tales como las relaciones de parentesco, las prácticas sexuales, los hábitos alimenticios e higiénicos, la organización económica familiar, los roles distribuidos por género, temas privados y que requieren al menos, la participación directa de quien investiga en los ámbitos familiares y de su relacionamiento directo e íntimo con la gente, es de esperar que situaciones inherentes a la subordinación por género, suscitadas desde esas prácticas, sean también identificadas; o al menos observadas en la investigación de campo.

Los textos existentes sobre algunos grupos, muchas veces carecen de información importante, respecto algunos problemas y situaciones controversiales, como son la violencia y la discriminación por género contra las mujeres. En algunos casos, parcialmente se menciona la distribución diferenciada de roles y oportunidades, por lo general como papeles asimétricos y distintos, pero difícilmente se señalan aquellas condiciones desiguales y discriminatorias que les legitiman y que culturalmente son reproducidos por el grupo a lo largo de su desarrollo vital.

Si bien es cierto, la discriminación, subordinación y opresión en las mujeres, han sido abordadas recientemente por espacios de mujeres sobre todo, a través de los estudios de la mujer y en investigaciones especializadas en la construcción sociocultural del género. Estas, en el mayor de los casos, se tratan de prácticas históricas que por mucho tiempo han existido, reproduciéndose y diversificando en las distintas culturas, más esa reproducción, legitimada social y culturalmente, se ha visto favorecida por el silenciamiento y la negación de los eventos. Aún, cuando hoy en día se reconozcan las mismas en nuestra cultura de origen, cabe recordar, que este tipo de prácticas no son solamente estrategias masculinas exclusivas de la occidental, sino cotidianidades del poder y el control patriarcal también de las "menos" occidentalizadas.

Para que esto se evidenciara, quizás ha sido necesario que las propias afectadas (las mujeres) tomaran la palabra para hablar de las otras cosas dentro de las culturas, de las cuales no se hablaba ni se decía nada, porque lamentablemente solo quienes viven esa experiencia histórica pueden denunciar las situaciones que les afecta y subordina, que les inhibe e invisibiliza como sujetos con realidades específicas y limitaciones concretas.

A lo largo de mi experiencia formativa y profesional, he tenido muchas dudas, tratando de entender por qué algunas cosas se abordan y otras no en los informes y estudios antropológicos, aunque vale señalar que éste no es un vicio exclusivo de ésta disciplina, sino una tendiente tradición en las ciencias sociales.

Al respecto, distintos han sido las observaciones y comentarios suscitados en el ámbito académico y en encuentros informales entre profesionales de la antropología, respecto a las prácticas observadas en diversos escenarios culturales, dentro de los cuales cito especialmente los pueblos indígenas. Para algunos el respeto a la diferencia cultural, pasa por no "inmiscuirse" en los problemas o temas escabrosos de las culturas. Otras/os, consideran que las relaciones observadas en distintos espacios culturales, no necesariamente significan subordinación y violencia, sino a lo mejor se trata de una asimetría culturalmente aceptada entre los miembros de ambos géneros y que probablemente contribuye al equilibrio social del grupo mediante cierta complementariedad genérica. También, hay quienes plantean como necesaria y urgente una revisión al manejo de ciertos temas en la práctica antropológica.

El caso desde el cual quisiera plantear la reflexión, está focalizado a mi experiencia con la población indígena ngäbe ubicada en Costa Rica. Desde mis primeras visitas a éstas localidades topé con múltiples acontecimientos que han ocupado mi atención, no solo por los hechos y las implicaciones de lo observado, sino además por las respuestas encontradas entre profesionales respecto a lo que el/la antropólogo/a debería o no reconocer a partir de lo observado.

La subordinación genérica en la cultura ngäbe
Tuve la oportunidad de insertarme a laborar con la población indígena ngäbe, desde hace aproximadamente 5 años y desde entonces he convivido con algunos pueblos localizados en el Pacífico sur del país. Al principio mi principal relacionamiento o contacto fue con la población masculina, porque como las mujeres no hablaban, y por "respeto" a su cultura, era de buen entendimiento hablar, coordinar y decidir con los hombres. En los espacios organizacionales, creía que no podía intervenir o mencionar tan siquiera, que las mujeres no hablaran, no comieran, no participaran en las discusiones y proyectos, que estuvieran fuera de los salones, también por "respeto" a la cultura. De alguna manera, eso se decía en la cátedra y se creía en muchas de las organizaciones o instituciones que trabajaban con esta población para entonces; supuse así que esas formas de proceder eran correctas, pero eso solo fue posible en un corto tiempo.

Conforme convivía en la cotidianidad de esa cultura, se manifestaban situaciones que difícilmente podía dejar pasar por desapercibidas: cuando las mujeres estaban fuera de un salón en el invierno con sus hijas e hijos soportando fuertes lluvias, o mientras los hombres solos deliberaban sobre las decisiones y necesidades de la comunidad; también cuando éstas servían los alimentos en sus casas y esperaban a que los demás repitieran para ver si quedaba algo que pudieran comerse después; o en muchas otras ocasiones en que soportaban hambres, dolores o simplemente el deseo de opinar, y un silencio obligatorio no les permitía exponer ni dar lugar a ninguna de sus necesidades.

En algún momento consideré que a lo mejor yo no observaba debidamente los hechos (es decir antropológicamente) o bien, que aquellas cosas sucedían así, natural y necesariamente, pues el acervo cultural del grupo contenía la suficiente sabiduría y experiencia para saber lo que hacía, practicaba y creía, a pesar de que pareciera muy extraño e injusto a mi propia percepción.

Tratando de entender más la cultura y el pensamiento ngäbe, he revisado textos de ésta y otras poblaciones, que nada o muy poco (levemente) tratan respecto a aquellas y otras situaciones observadas, la discusión pública también topó con resistencias y temores. Podría sospecharse que parte de mis interpretaciones fueran adversas a lo que realmente significaban o implicaban para la gente ngäbe, no obstante, el diálogo desarrollado con muchas de las mujeres me permite entender paulatinamente, que aún existiendo una tradición cultural en algunas prácticas instaladas dentro de esta sociedad, para muchas las mismas implicaban sufrimiento, dolor, preocupación, tristeza y humillación.

Desde el silencio, hay mujeres que soportan el maltrato, las amenazas constantes, el abuso sexual y psicológico, la exclusión patrimonial y de medios propios para subsistir, entre otras. La abnegación y la humillación son patrones obligatorios para las mujeres en la enseñanza ngäbe de muchas familias, las cuales probablemente han permitido que muchas situaciones y valores no lleguen a ser evidenciados ni expuestos por quienes las sufren. El silencio en estas mujeres muchas veces se ha interpretado desde fuera como algo cultural que no debe pasar a más, es decir del que no hay nada que decir ni pensar.

Algunos estudios han tendido a interpretar éste tipo de prácticas y valores como acordes al equilibrio ancestral o armónico de ésta y otras poblaciones indígenas, y bueno, quizás esto sea acertado para un sector de la población: los hombres. Si bien es cierto, pueden existir prácticas culturales que genéricamente sean complementarias y aceptadas entre hombres y mujeres, también existen otras de subordinación femenina y de violencia que afectan sistemáticamente el potencial humano y el desarrollo personal de muchas mujeres, aún cuando sean sutilmente invisibilizadas.

Entonces, qué ha permitido la ocultación de temas como estos desde la antropología, se me ocurren varias motivaciones: nuestra interpretación androcéntrica para ver lo que queremos y escribir lo que debemos, el interés particular a efecto de cuidar la imagen profesional no abordando aquellos temas que pueden implicar un conflicto con algún sector empoderado de la población de estudio o bien al momento de rendir cuentas en nuestro propio contexto (a las universidades, los organismos internacionales y gubernamentales); también los pocos elementos que tenemos para abordar situaciones como la violencia y subordinación contra las mujeres en contextos culturales específicos, quizás la falta de comunicación entre colegas y de la posibilidad de atrevernos a tratar lo prohibido y protegido hasta entonces; o existirán otras que escapen a mi análisis.


Notas finales para una Discusión: Ética y responsabilidad antropológica
Las situaciones vividas por las mujeres ngäbe, de las cuales apenas he hecho una breve mención, se han sabido y conocido desde hace tiempo, al igual que las reproducidas en nuestra propia cultura y que no son sino recientemente que se vienen a evidenciar y cuestionar. En cualquiera de los casos, tales prácticas se han dejado pasar, ignorándolas u minimizándolas, con la justificación del "respeto" a la cultura y a las diferencias, o bien porque son consideradas de naturaleza privada o íntima, razones todas que han posibilitado permanezcan al margen de ser confrontadas. No obstante, es difícil aceptar un supuesto respeto, bajo el cual se ocultan acontecimientos y valores socioculturales que denigran o deterioran la dignidad humana de las personas, máxime si las mismas inhiben sus necesidades básicas de seguridad (personales, comunitarias, del medio ambiente, económicas y políticas), limitando directamente las posibilidades de elección al destruir su salud y erosionar su autoconfianza y autoestima.

En ese sentido, desde la práctica antropológica la no-intervención o invisibilización de factores socioculturales que atenten contra la vida humana, resulta una forma de complicidad para perpetuar o legitimar prácticas violatorias de los derechos humanos, como lo son el maltrato a las personas, la discriminación étnica, racial y genérica y la violencia, en sus distintas expresiones.

Ha de ser consecuente con la práctica antropológica dar cuenta de las distintas manifestaciones y normas culturales, según los hechos observables y no a partir de una selección parcializada, motivada por estereotipos, perjuicios o intereses particulares. Considero que debe ponderar una ética responsable, con la cual exista la obligatoriedad de dar razón de aquel tipo de creencias y valores que amenazan y denigran la vida de otras(os), en este sentido ha de prevalecer un principio que defienda la vida y los derechos humanos de las personas.